Una novela contagiosa: y no porque al final de cada capítulo uno quiera lavarse las manos, sino porque después de leer la primera página no la quiere soltar. Al ingenio de Fernando Gómez se le suma en esta edición el talento de Carlos Jacanamijoy, que viene de una tierra de médicos ancestrales: no había nadie mejor para ilustrar esta novela asquerosamente deliciosa de leer.

 

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